Gestión de conflictos

Cuando oímos la palabra conflicto le atribuimos automáticamente una serie de connotaciones que nos predisponen de forma negativa hacia el mismo. A las personas no nos gusta “tener problemas” con los demás ni con nosotros mismos. Sin embargo, las dificultades con los demás son parte de la condición del ser humano, ya que somos seres sociales por naturaleza, estamos fabricados para una intensa vida social con otros seres de nuestra especie, y son una realidad del todo ineludible (por muy bien que nos vayan las cosas, siempre van a surgir conflictos).

Los conflictos también son necesarios para nuestro desarrollo y para el avance de nuestras capacidades (habilidades cognitivas, habilidades sociales, inteligencia, etc.); por tanto, hay que procurar su libre manifestación y no su ocultación. Hay muchas personas que creen que es mejor ocultarlos, no mostrar los verdaderos sentimientos ni pensamientos y que es mejor “convivir en paz” y fingir que no se nos presentan dificultades en la convivencia con los demás. Sin embargo, si lo ocultamos o eludimos, puede tomar formas más sibilinas, más destructivas y más difíciles de manejar cuando aparezca, enrareciendo la relación y ocasionando un desgaste emocional mayor que los recursos que utilizaríamos para su resolución. Los conflictos no son negativos por sí mismos, pero sí puede serlo la forma en la que les ponemos solución, por eso hay que disponer de una serie de herramientas personales que nos permitan hacerles frente cuando se nos presenten.

Para poder resolverlos de forma adecuada tenemos que comenzar por definir qué es un conflicto y a qué llamamos gestión del conflicto. Puede considerarse un conflicto como cualquier proceso o actividad que se experimente como tal; es interpersonal cuando es con otra persona e intrapersonal cuando es con nosotros mismos. En este fenómeno, se produce una percepción (la interpretación de que existe un conflicto) y una frustración subjetiva derivada de esa percepción. La frustración puede vivenciarse de muchas formas: sentimientos de repulsión, tristeza, hostilidad, miedo, bloqueo, etc. Llamamos “gestión del conflicto” al proceso de reacción al conflicto y de gestión de la frustración experimentada en esa situación.

Para conseguir una buena gestión tenemos que evaluar el tipo de interdependencia (conjunto de relaciones recíprocas) que se produce entre las partes. Es decir, primero tenemos que saber cómo es la relación entre las partes; dependiendo del tipo de relación, el origen, proceso y resolución del problema van a ser diferentes. En una interdependencia positiva (como puede ser entre los miembros de una pareja, una familia, un grupo de trabajo funcional, etc.), donde las metas de las partes se perciben similares y compatibles entre sí, el conflicto estará relacionado con la consecución de metas, coordinación de actuaciones, reparto de funciones y responsabilidades, es decir, sobre cómo se hacen las cosas. En este tipo de interdependencia, el conflicto suele tener un carácter funcional y constructivo. Las partes reducen la tensión provocada por la situación conflictiva incrementando la actividad cooperativa entre ellas (todos ganan si se resuelve, por lo que todos colaboran para solucionarlo).

En cambio, si la interdependencia es negativa (una relación empresarial, un grupo de trabajo disfuncional y competitivo), las partes perciben que sus metas y objetivos son incompatibles y sus actuaciones contrapuestas e irreconciliables. El conflicto tiende a ser disfuncional y destructivo, porque el avance y mejora de una parte supone el retroceso o perjuicio para la otra. En estos casos, la tensión se transfiere hacia el otro porque interfiere en la realización de las propias metas, generando antagonismo entre las partes y una dinámica de o tú o yo donde sólo puede ganar uno.

En todos los conflictos distinguimos tres componentes: personas, problema y proceso. Las personas son los intervinientes o partes involucradas; el problema es el asunto o cuestión sobre el que surge el conflicto, y el proceso son las maneras en las que tratamos de resolverlo. Un error muy común suele consistir en confundir las personas con el problema. Podemos tener una dificultad con alguien, pero eso no significa que esa persona SEA el problema, por lo que uno de los primeros pasos para resolver un conflicto es separar a las personas del problema. No es lo mismo decir “Tenemos que resolver un problema” que “Tengo un problema contigo”.

Cada persona tiene su propia manera de reaccionar y abordar un conflicto. Veamos los estilos más comunes en los que podemos vernos representados:

1. Competencia o dominación. En este estilo de reacción y abordaje, una parte puede ser más combativa y busca hacer primar sus intereses, generando una dinámica de ganador-perdedor. No tiene en cuenta la relación con la otra parte, por lo que el deterioro relacional provocado por la dinámica de salirse siempre con la suya puede ser irreparable.

2. Evitación o negación. En este, se busca la lejanía, no atender los propios intereses ni los de la otra parte, negando incluso que haya desacuerdos, intentando evadirse de la tensión, como si no fuese con nosotros. Cuidado con el uso de este tipo, ya que el conflicto realmente no se ha resuelto, por lo que puede resurgir con más fuerza, de forma más destructiva y enrarecida. Esconder las cosas debajo de la alfombra no es una buena idea.

3. Servilismo o concesión. En este modo de reacción y abordaje, una parte sacrificará sus intereses para que el otro salga triunfante a cualquier precio. La persona servil intenta conservar una armonía ficticia, cediendo siempre. Generalmente este estilo es usado por las personas menos asertivas y puede dar lugar a todo tipo de abusos.

4. Negociación o compromiso. En esta forma de reacción y abordaje, hay un intento de llegar a puntos medios o acuerdos equilibrados, cediendo intereses propios en favor de que la otra parte también lo haga, lo que da lugar a dos medio-ganadores, puesto que ambos han tenido que renunciar a parte de sus intereses.

5. Colaboración o integración. Quienes usan este estilo, tienden a satisfacer sus intereses y también los de la otra parte con soluciones aceptables para ambas partes, de forma que se originan dos ganadores satisfechos. Es el estilo menos común y requiere de mucha práctica.

En la siguiente entrada se hablará más profundamente sobre la resolución de conflictos en general y en particular sobre aquellos que se dan en el terreno interpersonal.

Si crees que puedes tener dificultades para resolver los conflictos que se te presentan en tu día a día, somos los psicólogos los profesionales más adecuados para ayudarte.

Pautas para familiares de personas que sufren depresión

Afrontar una depresión no es una cuestión sencilla; es una enfermedad que aisla a la persona, desconectándola de su vida y de las personas que le rodean. Relacionarse con los demás se torna en un hándicap, la luz no se ve al final del túnel y todo se convierte en una oscuridad de la que es difícil salir sin ayuda profesional.


A menudo nos olvidamos de que no solamente sufre en esa situación la persona, sino que también influye con fuerza en la red de apoyo más cercana (pareja, familiares, cuidadores, amigos). Ver a un ser querido que padece una enfermedad es doloroso y genera gran cantidad de emociones que hay que gestionar de una forma adecuada.


Veamos una serie de pautas que pueden ser útiles:

Acepta que no puedes solucionar la enfermedad que sufre, pero tu apoyo y tu comprensión pueden resultar de gran ayuda.


Escucha, escucha y escucha. Sin juzgar, sin dar consejos. Hazle saber que entiendes por lo que está pasando. A menudo darán vueltas en círculo una y otra vez sobre lo mismo: sigue escuchándole de forma activa. Sentirse escuchado y comprendido posee un gran efecto terapéutico.


Especial atención merecen las ideas que manifieste sobre suicidio. Tómate en serio estas ideas y comunícalas a los profesionales que están encargados de su tratamiento con la mayor brevedad posible. Si ya tiene un plan de acción (verbaliza cómo va a hacerlo), observas que tiene conductas de despedida hacia las personas o que pone en orden sus asuntos (cuestiones administrativas, posesiones), es más probable que concrete su intención. Si crees que hay un peligro concreto e inmediato, no lo dudes y avisa a emergencias.


Tolera su expresión de la tristeza. El llanto es bastante frecuente; es difícil permanecer calmados ante la visión de su sufrimiento, pero es la expresión natural de lo que le ocurre. Dejar que llore puede ser terapéutico: ofrécele un pañuelo o un poco de agua. El llanto suele cesar por sí mismo al cabo de un rato y aparecer varias veces a lo largo del día.


No han escogido estar en esa situación. Culpabilizarlos y criticarlos no es el mejor modo de ayudarles.


Fomenta la adherencia al tratamiento, tanto el farmacológico como el psicológico. Recuérdales que tomen su medicación, las citas en las consultas, etc.


Autocuidado. Cuidar de una persona con depresión puede resultar agotador. Respeta tu tiempo de descanso y de desconexión. Si tú no te cuidas bien, te será difícil cuidar a otros de forma adecuada. Pide ayuda a otro familiar o amigo para poder disponer de tiempo para ti también y prevenir el agotamiento y la frustración.


Haz planes juntos. Sugiérele a tu ser querido dar un paseo juntos, ver una película o cualquier otra actividad con la que antes disfrutaba. No se trata de obligar, sino de sugerir. A veces simplemente estar al lado sin hacer nada, sólo acompañando, es suficiente.


Proporciónale refuerzos. Alaba todo aquello que se le da bien hacer, o cualquier pequeño intento de mejorar su situación. Ahora mismo se sienten incapaces e inútiles para todo y son hipersensibles a las críticas, por eso es especialmente importante reforzar de forma positiva.


Establece una rutina. Llevar horarios establecidos de alimentación, sueño y actividades puede ayudarles a sentir que tienen más control sobre su vida. Intenta que la vida diaria sea tranquila, estable y predecible.


Ante las crisis de ansiedad, mantén la calma. Las emociones son contagiosas: tu familiar necesita sentir que está en un entorno tranquilo y seguro y percibirte muy sereno. Cuando se presente una crisis, siéntale, intenta calmarlo, desabróchale la ropa que pueda apretarle y ayúdale a controlar la respiración. Pídele que inhale despacio, llenando su abdomen de aire, que cuente hasta 4 y exhale lentamente; así hasta que deje de hiperventilar. Las crisis duran entre 15 y 30 minutos, alcanzando su punto álgido a los 10 minutos aproximadamente de comenzar; a partir de ese tiempo la intensidad va disminuyendo. Si se prolonga más de 30 minutos, llama a emergencias.


Ten mucha paciencia. Salir de la depresión lleva su tiempo; hay personas que reaccionan al tratamiento de forma más rápida y otras que tardan un poco más. No es un camino sencillo ni fácil para las personas que la sufren, y van a mejorar a su ritmo, no como a ti te gustaría. Sé paciente.

Si crees tener dificultades para gestionar las emociones que te produce esa situación o simplemente quieres saber más sobre la enfermedad y cómo ayudar mejor a tu familiar, en Meraki Psicología Aplicada podemos ayudarte. 


El estrés laboral

Todos hemos dicho alguna vez “Estoy estresado/a” refiriéndonos a ese “malestar”, ese “sobresalto”, esa “tensión” que sentimos en determinados momentos. Hay casi tantas definiciones de estrés como personas lo sufren. La pregunta que muchas veces se plantea a los profesionales es si el estrés es equivalente a la ansiedad; la respuesta a esta pregunta es no, ya que la ansiedad se refiere a una preocupación excesiva y constante, difícilmente controlable, sobre diversos acontecimientos, temáticas o actividades (no solamente en lo laboral), que se asocia a una sobreactivación del sistema nervioso autónomo (simpático) y a la emoción de miedo intenso e irracional. Lo que sí hay que dejar claro es que el estrés puede generar o derivar en ansiedad si se sufre durante un tiempo prolongado. Es decir, la preocupación o tensión en el ámbito laboral, si se mantiene el tiempo suficiente, puede ocasionar su extensión al resto de ámbitos o dominios de nuestra vida, sobreactivando de forma permanente nuestro sistema nervioso autónomo (simpático).

La Agencia Europea de Seguridad y Salud en el trabajo considera el estrés como un “desequilibrio percibido entre la demanda y la capacidad de respuesta en condiciones en las que el fracaso ante esa demanda posee importantes consecuencias”. Así, se produce una demanda del entorno, el organismo responde ante esa demanda activándose para superar la situación y superada la situación hay una vuelta al equilibrio, encontrando respuestas nuevas a la situación planteada. De esta forma, podemos hablar de "eustrés o estrés positivo", donde existe una vuelta al equilibrio del organismo de forma rápida y sin consecuencias sobre la salud (un día donde hemos tenido que dar respuestas rápidas a varias situaciones o demandas consecutivas en el trabajo, pero que ha sido de forma puntual, sólo un día). Y de "estrés negativo", que perdura durante más de un mes, cuando no se produce una vuelta al equilibrio del organismo, y trae consecuencias sobre la salud del trabajador (imaginemos que todos los días fuesen como el que hemos descrito).

Para explicar el estrés laboral basado en las demandas se utiliza el modelo JDR (Job-Demands-Resources) o Demanda-Recurso. Una demanda se define como cualquier aspecto del trabajo que requiere esfuerzo físico, mental y emocional, y que está asociado a costes (psicológicos o fisiológicos). Un recurso se refiere a todo aquello que puede reducir las demandas y sus costes asociados, que no sólo incluye los recursos materiales y que es funcional para el logro de los objetivos laborales, estimulando el aprendizaje, el desarrollo y el crecimiento del trabajador (es decir, de qué disponemos para hacer frente a las demandas). La interacción entre los niveles de demandas y recursos produce cuatro tipos de trabajo:

Bajas demandas/bajos recursos: trabajo fácil

Bajas demandas/altos recursos: trabajo aburrido

Altas demandas/altos recursos: trabajo retador

Altas demandas/bajos recursos: trabajo estresante

Así pues, es la combinación de unas altas demandas con bajos recursos para hacerles frente la que produce como resultado un trabajo estresante.

A esto se pueden añadir otros dos factores que componen el modelo integral del estrés: los estresores y los moduladores.  Los estresores son todos aquellos estímulos que provocan malestar, tensión, etc. Veamos a continuación algunos de ellos:

-Condiciones físicas del trabajo: temperatura y condiciones climatológicas; iluminación, ruido, vibraciones, higiene, toxicidad, peligros biológicos, disponibilidad y disposición del espacio físico para el trabajo.

-Demandas del trabajo: tiempo (duración, turnos, nocturnidad), sobrecarga de trabajo (número de tareas), exposición a riesgos y peligros (cuerpos de seguridad).

-Contenido: características de las tareas en sí mismas (repetitivas, ritmo de trabajo), oportunidades para tener el control y para el uso de las propias habilidades; retroalimentación (señalar errores o aciertos).

-Desempeño de roles (este trae de cabeza a las empresas y es el principal motivo de estrés laboral): conflicto de rol (unos me piden una cosa, otros otra incompatible ¿cuál debo hacer?) y ambiguedad de rol (¿sé cuál es mi trabajo y hasta dónde llega mi responsabilidad?).

-Relaciones interpersonales y grupales: densidad en el lugar de trabajo, calidad de las relaciones personales (compañeros, subordinados, usuarios, clientes), relaciones grupales (clima del grupo, falta de cohesión, conflictos).

-Desarrollo de la carrera profesional: inseguridad, infra-promoción, promoción excesiva (síndrome del ejecutivo), transiciones (jubilación, cambio de puesto, estancamiento).

-Nuevas tecnologías (tecnoestrés, teletrabajo): adaptación a los cambios, incremento del control, responsabilidad, invasión de la privacidad, reducción de interacción y contactos sociales.

-Conciliación: estresores crónicos familiares (cuidar de hijos o padres), compromiso con la carrera profesional, pareja trabajadora.

Por su parte, los moderadores o moduladores actúan aumentando o disminuyendo el efecto de los estresores. Esto quiere decir que la respuesta del organismo y el impacto en la salud del estrés va a estar mediado o modulado por algunas características individuales como la edad, la educación, el género, el coping, la personalidad y el apoyo social entre otras.

Entendemos el coping o afrontamiento como los esfuerzos que realiza una persona para solucionar un problema. En este caso, el coping se refiere a qué hace una persona para reducir los efectos negativos del estrés sobre su bienestar. Existen tres tipos o estilos de coping:

1. Coping centrado en el problema: implica una búsqueda de información con el objetivo de la resolución del problema (¿Qué hago ante el estrés?).

2. Coping centrado en emociones: incluye la regulación y la expresión de las emociones que provoca el estrés (¿Cómo me siento ante el estrés? ¿Cómo gestiono las emociones que me produce?).

3. Coping centrado en la valoración: se centra en un control de la valoración o evaluación de las situaciones de estrés (¿Qué pienso o creo sobre el estrés y que está condicionando mi experiencia?).
 

El apoyo social es la información que permite a las personas tener la creencia de que otras personas se preocupan por ellos y les quieren, que son estimados y valorados, y que pertenecen a una red de comunicación y obligaciones mutuas. Frente al estrés, es importante tener una red de apoyo social adecuada, un grupo de personas que nos ayude en los momentos más difíciles y con los que podamos compartir también buenas experiencias (pareja, familiares, amigos). Respecto al apoyo en el ámbito laboral, con los compañeros es importante que las relaciones estén marcadas por la actitud positiva y la colaboración dentro y fuera del trabajo. Con los mandos intermedios o supervisores, es aconsejable e ideal una relación fluída,  en la que el trabajador perciba apoyo por parte de su superior y también cierta autonomía para desarrollar su tareas. 

Por último, algunas pautas para controlar el estrés pueden ser: llevar una alimentación sana, hacer ejercicio de forma regular, mantener una vida sexual activa, tener hobbies o intereses diferentes al trabajo, realizar actividades placenteras al aire libre, disfrutar de frecuentes actividades de ocio con la red de apoyo más cercana, disfrutar de tiempo libre para desconectar sin hacer nada, mimarse de vez en cuando... 
 

Si crees que puedes sufrir dificultades relacionadas con el estrés laboral, recuerda que en Meraki Psicología Aplicada podemos ayudarte.