Regulación emocional: aprender a volver a nuestro centro


Hay días en los que estamos tranquilos y, de repente, algo ocurre. Una discusión. Una mala noticia. Un pensamiento que aparece sin avisar. Una preocupación. Una decepción. Un recuerdo.

Y nuestro cuerpo se activa. El corazón late más deprisa, sentimos tensión, nos cuesta pensar con claridad, aparece irritabilidad, miedo, tristeza o ansiedad. Entonces buscamos rápidamente algo que nos ayude a «quitarnos» aquello de encima.

Una persona que nos calme.
El móvil para distraernos.
La comida.
El alcohol.
Una compra.
El trabajo.
El ejercicio llevado al extremo.
Incluso, en determinados casos, un medicamento utilizado como única estrategia para conseguir sentirnos diferentes.

Y aquí aparece una pregunta psicológicamente interesante:

¿Sabemos regular nuestras emociones o necesitamos constantemente algo externo que lo haga por nosotros?

¿Qué significa realmente regular las emociones?

La regulación emocional es la capacidad de reconocer, comprender y modular nuestras respuestas emocionales para poder actuar de una manera adecuada a la situación. Y atención:

regular una emoción no significa eliminarla.

No se trata de conseguir estar tranquilos todo el tiempo. Tampoco de evitar la tristeza, el enfado, el miedo o la ansiedad. Y mucho menos de convertirnos en personas que «controlan» absolutamente todo lo que sienten. Las emociones cumplen una función.

-El miedo nos prepara para responder ante una amenaza.

-La tristeza nos ayuda a procesar pérdidas.

-El enfado puede indicarnos que algo importante para nosotros ha sido vulnerado.

-La ansiedad nos prepara para afrontar situaciones que percibimos como difíciles o inciertas.

El problema no suele estar en sentir. El problema aparece cuando no sabemos qué hacer con aquello que sentimos.

El objetivo no es no necesitar nunca a nadie

Hay una aclaración importante. Aprender a regular nuestras emociones por nosotros mismos no significa que tengamos que hacerlo todo solos.

Las relaciones humanas también regulan. Hablar con alguien de confianza, recibir afecto, pedir ayuda o acudir a un profesional de la psicología son recursos saludables. Somos seres sociales.

El problema aparece cuando nuestra capacidad para sentirnos bien depende exclusivamente de otra persona.

«Necesito que me diga que todo está bien». «Necesito que me conteste».

«Necesito que esté conmigo». «Necesito beber para relajarme».

«Necesito distraerme constantemente». «Necesito tomar algo para poder dormir».

«Necesito estar haciendo cosas para no pensar».

Cuando nuestra tranquilidad depende constantemente de algo externo, nuestra capacidad de autorregulación se va debilitando. Y entonces aparece una especie de paradoja:

cuanto más utilizamos algo externo para no sentir determinadas emociones,

menos aprendemos a manejarlas internamente.

Activarnos y desactivarnos

Una de las habilidades más importantes de la regulación emocional consiste precisamente en aprender a modificar nuestro nivel de activación. Necesitamos saber activarnos cuando estamos apáticos, desmotivados o bloqueados, pero también aprender a desactivarnos cuando nuestro sistema está funcionando a demasiadas revoluciones.

Por ejemplo: Una persona puede necesitar aprender a levantarse, ducharse, salir de casa, caminar y ponerse en movimiento cuando se encuentra completamente apagada.

Otra puede necesitar aprender a parar, respirar, reducir estímulos y descansar cuando lleva horas funcionando bajo tensión.

El objetivo no es estar siempre «relajados». El objetivo es tener mayor flexibilidad emocional. Es decir, poder subir y bajar el nivel de activación cuando la situación lo requiere (como un interruptor que aprendemos a manejar nosotros mismos).

El trabajo interno es imprescindible

Y aquí llegamos a una parte que a veces resulta incómoda. Aprender a regularse requiere trabajo. No existe una técnica mágica que vaya a conseguir que nunca volvamos a sentir ansiedad, miedo, tristeza o enfado.

La respiración puede ayudarnos.

El ejercicio puede ayudarnos.

La relajación puede ayudarnos.

La psicoterapia puede ayudarnos.

El descanso puede ayudarnos.

Las relaciones pueden ayudarnos.

Pero ninguna de estas herramientas debería convertirse en una especie de «botón externo» que necesitamos pulsar cada vez que aparece una emoción desagradable. Porque el objetivo final es diferente:

aprender progresivamente a estar con nosotros mismos

incluso cuando no nos sentimos bien.

Eso requiere práctica. Requiere tolerar cierto malestar. Requiere observar nuestros pensamientos. Requiere aprender a identificar qué estamos sintiendo. Requiere dejar de reaccionar automáticamente.

Y, sobre todo, requiere aprender que

UNA EMOCIÓN DESAGRADABLE

NO ES NECESARIAMENTE UNA EMERGENCIA.

Algunas técnicas para empezar a regular nuestras emociones

No necesitamos hacer veinte ejercicios diferentes. Podemos empezar por unos pocos y practicarlos con frecuencia.

1. Respiración diafragmática 🌬️

Cuando estamos ansiosos o muy activados, nuestra respiración puede hacerse rápida y superficial. La respiración diafragmática puede ayudarnos a reducir la activación fisiológica.

Podemos sentarnos cómodamente y colocar una mano sobre el pecho y otra sobre el abdomen. Intentamos que el movimiento se produzca principalmente en la zona abdominal, sin forzar.

Inspiramos suavemente por la nariz y realizamos una espiración algo más larga y tranquila.

No necesitamos respirar «perfectamente».

El objetivo es transmitir al cuerpo un mensaje sencillo: «Ahora mismo puedo bajar el ritmo».

Podemos practicar durante unos minutos, especialmente antes de encontrarnos desbordados.

2. Tensión y relajación muscular

Otra herramienta sencilla consiste en aprender a diferenciar entre tensión y relajación.

Podemos tensar durante unos segundos determinados grupos musculares —por ejemplo, manos, brazos, hombros o piernas— y después soltarlos lentamente. La atención se dirige entonces a la diferencia entre ambas sensaciones.

Tenso.
Suelto.
Observo.

Con la práctica, vamos aprendiendo a reconocer cuándo nuestro cuerpo está acumulando tensión. Y cuanto antes detectemos la tensión, más fácil será intervenir.

3. El lugar seguro 🏡

Podemos imaginar un lugar en el que nos sintamos tranquilos y protegidos. Puede existir realmente o ser completamente imaginario.

Una playa.

Una montaña.

Una habitación.

Una casa.

Un bosque.

Cualquier espacio que asociemos con seguridad. Cerramos los ojos si nos resulta cómodo y tratamos de construir mentalmente ese lugar:

¿Qué vemos? ¿Qué temperatura hace? ¿Qué sonidos escuchamos? ¿Qué olor hay? ¿Qué sentimos en nuestro cuerpo?

La finalidad no es escapar de la realidad. Es crear una representación mental asociada a calma y seguridad que podamos utilizar cuando necesitemos reducir nuestra activación.

4. La técnica de los cinco sentidos 👀

Cuando estamos atrapados en nuestros pensamientos, podemos volver deliberadamente al presente. Podemos observar:

5 cosas que vemos.
4 cosas que podemos tocar.
3 sonidos que escuchamos.
2 olores que podemos identificar.
1 sabor que podemos notar.

Esta técnica ayuda a desplazar nuestra atención desde la cadena de pensamientos hacia la experiencia presente.

No elimina el problema pero puede ayudarnos a recuperar suficiente estabilidad para afrontarlo.

5. Poner nombre a lo que sentimos

A veces decimos: «Estoy mal», pero «estar mal» es demasiado amplio. ¿Estamos preocupados? ¿Asustados? ¿Tristes? ¿Enfadados? ¿Frustrados? ¿Avergonzados? ¿Culpables? ¿Agotados?

Aprender a poner nombre a una emoción es una forma de empezar a comprenderla. Podemos preguntarnos:

¿Qué estoy sintiendo exactamente?

¿Dónde lo noto en mi cuerpo?

¿Qué ha ocurrido antes de sentirme así?

¿Qué estoy pensando?

¿Qué necesito hacer ahora?

Este pequeño proceso nos ayuda a pasar de la reacción automática a una respuesta más consciente.

No todo pensamiento necesita una respuesta

Una parte fundamental de la regulación emocional consiste también en aprender a relacionarnos de otra manera con nuestros pensamientos, porque nuestra mente produce pensamientos constantemente (unos ocho millones de pensamientos al día…)

Algunos son útiles. Otros no. Algunos son realistas. Otros exagerados. Y otros simplemente aparecen. No tenemos que discutir con todos.

Podemos imaginar que nuestro cerebro es una habitación con dos puertas. Por una entran pensamientos. Por la otra salen. Nosotros estamos dentro de la habitación. No necesitamos perseguir cada pensamiento que entra. Tampoco necesitamos expulsarlo ni analizarlo. Podemos simplemente observar: «Ahí está ese pensamiento otra vez». Y dejar que continúe su camino.

Regular no es anestesiar

Esta diferencia me parece especialmente importante. Regular una emoción significa aprender a tolerarla, comprenderla y modular su intensidad.

Anestesiar una emoción significa intentar no sentirla. Y no es lo mismo. Podemos utilizar alcohol para sentirnos más relajados. Podemos buscar constantemente entretenimiento para no pensar. Podemos comer para calmarnos. Podemos trabajar sin parar para no conectar con determinadas emociones. Podemos depender de otra persona para sentirnos seguros. Podemos buscar continuamente estímulos para no aburrirnos.

Todas estas estrategias pueden proporcionar alivio inmediato. El problema es que el alivio inmediato no siempre equivale a una solución a largo plazo.

Si cada vez que aparece una emoción incómoda necesitamos hacer algo para eliminarla, no estamos aprendiendo necesariamente a tolerarla. Estamos aprendiendo a escapar de ella.

La verdadera autonomía emocional

La autonomía emocional no consiste en no necesitar a nadie. Tampoco significa convertirnos en personas frías o autosuficientes. Significa poder decir:

«Puedo pedir ayuda, pero también puedo ayudarme a mí mismo».

«Puedo necesitar compañía y también puedo estar solo».

«Puedo sentir ansiedad sin tener que escapar inmediatamente de ella».

«Puedo estar triste sin pensar que algo va necesariamente mal».

«Puedo enfadarme sin actuar impulsivamente».

«Puedo sentir miedo y seguir haciendo aquello que es importante para mí».

ESO ES REGULACIÓN EMOCIONAL.

No es controlar nuestras emociones. Noes  eliminarlas. No es convertirnos en personas que nunca sufren.

Sino aprender poco a poco a estar al mando de nuestra conducta aunque nuestras emociones estén presentes.

Y esto se entrena

Nadie nace sabiendo regularse perfectamente. Es una habilidad que se desarrolla. Se trata de saber estar al mando de nuestra conducta, aunque nuestras emociones estén presentes. Por eso, si queremos mejorar nuestra regulación emocional, podemos empezar por algo muy sencillo:

OBSERVARNOS.

¿Qué hago cuando estoy nervioso? ¿Qué hago cuando estoy triste? ¿Qué hago cuando me enfado? ¿Qué hago cuando tengo miedo? ¿Busco inmediatamente a alguien? ¿Cojo el móvil? ¿Como? ¿Bebo? ¿Busco un analgésico o un medicamento para no sentir? ¿Me aíslo? ¿Trabajo compulsivamente? ¿Evito? ¿Intento controlar todo?

¿O soy capaz de quedarme unos minutos conmigo mismo

y preguntarme qué necesito realmente?

Quizá ese sea uno de los aprendizajes más importantes de la vida: no necesitamos dejar de sentir para estar bien.

Necesitamos aprender a sentir sin que cada emoción tenga que tomar el control de nuestra conducta. Y eso, aunque requiere tiempo y trabajo interno, también es una de las formas más importantes de libertad psicológica. 🌱

Aprender a regularnos no significa

depender menos de las personas que queremos.

Significa depender menos de cualquier cosa

que necesitemos utilizar para escapar de nosotros mismos.

 

 


 

 

Estoy perdido en la vida: qué hacer cuando no sé qué hacer con mi vida

 ¿Te has sentido alguna vez perdido en la vida? ¿Como si los días pasaran pero no supieras muy bien hacia dónde estás yendo? ¿Te levantas sin demasiadas ganas, haces lo necesario y, cuando llega la noche, tienes la sensación de que no has hecho nada realmente importante?

Estar perdido en la vida puede resultar muy angustioso.

A veces aparece después de una ruptura, un despido, una jubilación, una mudanza o un cambio importante. Otras veces no existe un acontecimiento concreto que explique lo que ocurre. Simplemente llega un momento en el que uno se pregunta:

“¿Y ahora qué hago con mi vida?”

Y aquí hay algo importante desde la psicología: no siempre necesitamos saber hacia dónde vamos para empezar a caminar.

De hecho, en determinados momentos puede ser mucho más útil comenzar por algo aparentemente mucho más sencillo: volver a organizar nuestra vida cotidiana.

Porque cuando estamos perdidos podemos pasar demasiado tiempo pensando, analizando, buscando respuestas, mirando qué hacen los demás o esperando a que aparezca la motivación.

Y mientras tanto, la vida sigue pasando.

Estar perdido no significa que hayas fracasado

Una etapa de desorientación no significa necesariamente que haya algo mal en ti.

Las personas cambiamos. Cambian nuestras circunstancias, nuestras relaciones, nuestras prioridades y también aquello que antes nos parecía importante.

Lo que funcionaba a los 20 años puede dejar de funcionar a los 40. Lo que queríamos a los 30 puede no tener ningún sentido a los 50.

Y eso puede generar una sensación muy incómoda: “Ya no sé quién soy ni qué quiero.”

En psicología sabemos que los estados de ánimo bajos, la ansiedad, el aislamiento, la pérdida de reforzadores y la reducción de actividad pueden crear un círculo difícil de romper.

Hacemos menos cosas → tenemos menos experiencias agradables → nos sentimos peor → tenemos menos ganas de hacer cosas → hacemos todavía menos.

Precisamente por eso, la activación conductual, una intervención psicológica basada en aumentar progresivamente actividades valiosas y reducir patrones de evitación, tiene una sólida evidencia científica. Una revisión y metaanálisis publicado en 2026, que reunió 105 ensayos y casi 14.000 participantes, encontró que la activación conductual es eficaz para la depresión en adultos. Esto nos proporciona una idea muy interesante:

No siempre tenemos que esperar a encontrarnos bien para empezar a actuar. A veces necesitamos empezar a actuar para volver a encontrarnos mejor.

Y aquí comienza mi propuesta.

Si estás perdido en la vida, empieza por lo pequeño

Cuando una persona me dice: “No sé qué hacer con mi vida.”

No suelo pensar que necesita necesariamente una gran respuesta filosófica.

A veces necesita algo mucho más básico: volver a tener una vida que hacer.

Por eso propongo empezar con pequeñas rutinas. No porque ducharse, hacer la cama o caminar treinta minutos vaya a resolver mágicamente nuestra existencia.

No la va a resolver.

Pero puede ayudarnos a recuperar algo fundamental: estructura, actividad, contacto con el entorno y sensación de control.

Estas serían mis siete primeras pautas. 

1. Dúchate todos los días, aunque no tengas ganas

Puede parecer una recomendación demasiado sencilla. Precisamente por eso es importante.

Cuando una persona está desmotivada puede empezar a descuidar pequeñas rutinas de autocuidado. Y cuanto más se desorganiza el día, más fácil resulta permanecer en casa, en pijama, tumbado, mirando el móvil o esperando a que aparezcan las ganas.

La ducha no es un tratamiento psicológico, pero sí forma parte de una rutina básica de autocuidado y puede funcionar como señal conductual de comienzo del día.

La idea no es: “Me ducho porque tengo ganas de empezar el día.”

Sino: “Me ducho porque hoy también voy a empezar el día aunque no tenga demasiadas ganas.”

Cuando estamos intentando recuperar una rutina, no necesitamos que cada conducta tenga una gran trascendencia y mágicamente nos resuelva la vida.

Pero necesitamos hacerla. 

2. Pon horarios a tu día

Cuando estamos perdidos, el tiempo puede convertirse en algo extraño. Nos levantamos cuando nos despertamos. Comemos cuando tenemos hambre. Nos acostamos cuando estamos cansados.

Cogemos el teléfono cada vez que aparece el aburrimiento.

Y un día puede terminar sin que exista prácticamente ninguna diferencia entre las diez de la mañana y las siete de la tarde.

Por eso recomiendo establecer horarios relativamente estables para levantarse, comer, caminar, realizar actividades y acostarse. La regularidad del sueño es especialmente importante. La investigación reciente considera la regularidad de los horarios de sueño y vigilia como una dimensión relevante de la salud del sueño, además de la cantidad y calidad del sueño. No necesitamos construir una agenda militar.

Simplemente necesitamos que nuestro cerebro vuelva a saber:

“A esta hora me levanto. A esta hora como. A esta hora salgo. A esta hora descanso.”

La estructura reduce el espacio que ocupa la indecisión. Y cuando estamos perdidos, tener menos decisiones que tomar puede ser una ayuda enorme. 

3. Lee una página al día

Una página. No veinte. No un capítulo. No tienes que convertirte en un lector compulsivo de la noche a la mañana. Una página.

La finalidad inicial no es terminar un libro.

Es recuperar progresivamente la capacidad de sentarte delante de algo que no sea una pantalla y mantener tu atención ahí.

La lectura por placer se ha relacionado con diferentes componentes del bienestar, como relajación, desconexión de los estresores cotidianos, estimulación intelectual, autocomprensión y conexión con otras personas. Una revisión publicada en 2025 analizó 43 trabajos sobre lectura y bienestar y encontró varios de estos mecanismos potencialmente beneficiosos.

Además, hay algo especialmente interesante:

Cuando lees una página, estás haciendo algo. No estás viendo cómo otra persona viaja. No estás viendo cómo alguien cocina. No estás viendo cómo alguien entrena. No estás viendo cómo alguien reforma su casa. No estás viendo cómo alguien tiene una vida maravillosa. Estás utilizando tu propia mente.

Y eso importa. 

4. Come saludablemente al menos una vez al día

No necesitas transformar toda tu alimentación de un día para otro. Empieza por una comida.

Una comida en la que haya alimentos nutritivos, variados y mínimamente planificados. Por ejemplo:

·       verduras;

·       fruta;

·       legumbres;

·       pescado;

·       frutos secos;

·       cereales integrales;

·       aceite de oliva;

·       alimentos poco procesados.

La evidencia sobre alimentación y salud mental ha crecido considerablemente. Las revisiones recientes encuentran asociaciones favorables entre patrones alimentarios saludables, especialmente el patrón mediterráneo, y diferentes indicadores de salud mental. Una revisión sistemática de 2026 que incluyó 104 estudios encontró resultados favorables para síntomas depresivos, ansiedad, estrés percibido y bienestar, aunque también señala que todavía se necesitan estudios de mayor calidad para establecer relaciones causales con mayor seguridad.

Además, algunos ensayos clínicos han encontrado reducciones de síntomas depresivos mediante intervenciones basadas en dieta mediterránea, aunque la certeza de la evidencia todavía es limitada.

Por eso no hablaría de: “La comida te va a curar.” Eso sería científicamente incorrecto.

Hablaría de algo mucho más razonable: “Cuidar lo que comes es una forma de cuidar tu organismo mientras atraviesas una etapa difícil.”

Y empieza por una comida. Mañana puedes hacer dos. 

5. Camina 30 minutos sin distracciones

Esta es probablemente una de las pautas que más recomiendo. Camina treinta minutos.

Y, si puedes, hazlo sin mirar constantemente el teléfono.

No necesitas convertirlo en una sesión deportiva. Puedes caminar tranquilamente.

Mirar las calles. Los árboles. La gente. Los edificios. El cielo. Escuchar los sonidos de tu entorno. Pensar. O simplemente no pensar demasiado.

La actividad física tiene una relación muy sólida con la salud física y psicológica. La Organización Mundial de la Salud recomienda para los adultos entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, y señala beneficios sobre la salud mental, incluidos síntomas de depresión y ansiedad.

Treinta minutos al día durante cinco días ya serían 150 minutos.

Pero hay otra cuestión psicológica importante: salir de casa cambia el contexto.

Cuando llevamos muchas horas dentro de nuestra cabeza, cambiar físicamente de escenario puede ser una pequeña ruptura con el bucle de pensamientos. Por eso mi recomendación no sería: “Camina mientras miras vídeos.”

Sería: “Camina y mira el mundo.” 

6. Haz la cama al levantarte

Esta pauta puede parecer incluso ridícula. Y, sin embargo, tiene un objetivo muy concreto: empezar el día haciendo algo.

No porque hacer la cama vaya a cambiar tu vida. No la va a cambiar. Pero sí puede convertirse en la primera conducta completada del día. Una acción pequeña. Con un principio y un final.

Me levanto. Abro la ventana. Me ducho. Me visto. Hago la cama.

Y empiezo.

Cuando estamos desorganizados, recuperar pequeñas conductas planificadas puede ser más útil que esperar a encontrar una gran motivación.

La lógica es conductual: acción → experiencia → sensación de eficacia → más probabilidad de volver a actuar.

No siempre: motivación → acción.

A veces ocurre justamente al contrario: acción-->motivación

 

7. Escribe tres líneas cada noche

No necesitas escribir un diario de veinte páginas. No necesitas analizar tu infancia. No necesitas descubrir el sentido de la existencia antes de acostarte.

Tres líneas.

Por ejemplo:

Hoy me he sentido…

Hoy he hecho…

Mañana quiero…

También puedes escribir:

·       algo que te haya gustado;

·       algo que hayas aprendido;

·       algo que hayas hecho aunque no te apeteciera;

·       algo que quieras repetir mañana.

La evidencia sobre escritura terapéutica y expresiva no es milagrosa ni uniforme, pero existen ensayos y metaanálisis que encuentran beneficios pequeños sobre síntomas de depresión, ansiedad y estrés. Una revisión sistemática y metaanálisis de 20 ensayos encontró resultados favorables aunque heterogéneos, y otro metaanálisis de 31 estudios encontró un efecto pequeño pero significativo de la escritura expresiva sobre depresión, ansiedad y estrés.

Por eso no presentaría escribir tres líneas como una cura.

Lo plantearía como una herramienta sencilla para parar, ordenar y prestar atención a nuestra propia experiencia.

Y hay una razón adicional para hacerlo por la noche: sustituye unos minutos de consumo automático de pantalla por unos minutos de producción propia.

 

Y hay una octava pauta: recupera poco a poco el control del móvil

Esta parte me parece especialmente importante. Porque existe una situación cada vez más habitual:

Una persona está perdida. No sabe qué quiere hacer. No tiene demasiada motivación. No sabe por dónde empezar.

Así que coge el móvil. Mira Instagram. TikTok. YouTube. Noticias. Vídeos. La vida de otras personas.

Y pasan veinte minutos. Después cuarenta. Después una hora.

Y cuando deja el teléfono puede aparecer una sensación muy desagradable: “No he hecho nada.”

Pero hay una trampa. Durante ese tiempo sí hemos estado haciendo algo hemos estado mirando. Consumimos. Observamos. Comparamos. Saltamos de una cosa a otra.

Pero nuestra propia vida ha permanecido en pausa.

El problema no es simplemente “usar mucho el móvil”

La investigación sobre smartphone y redes sociales es más compleja que afirmar que cualquier uso de pantalla es perjudicial. No todo uso del móvil es malo.

Podemos utilizarlo para hablar con alguien, trabajar, informarnos, aprender o realizar actividades útiles.

El problema aparece especialmente cuando el uso se vuelve problemático, automático o difícil de controlar.

Las revisiones científicas encuentran asociaciones importantes entre uso problemático del smartphone y uso problemático de redes sociales.

Y también sabemos que no importa únicamente cuánto utilizamos las redes, sino cómo las utilizamos. Una gran metaanálisis que analizó 141 estudios y aproximadamente 145.000 participantes encontró que las relaciones entre uso activo y pasivo de redes sociales y bienestar son complejas; aun así, el uso pasivo se relacionó con peores resultados emocionales en determinados contextos.

Por eso mi propuesta no es: “Tira el móvil.”

Es: “Devuélvele al móvil el lugar que debe ocupar en tu vida.”

De mirar la vida de otros a vivir la propia

Esta puede ser una de las preguntas más importantes que podemos hacernos:

¿Cuánto tiempo paso viendo cómo otras personas hacen cosas que yo podría estar haciendo?

Veo a alguien viajando.

-Yo no viajo.

Veo a alguien haciendo ejercicio.

-Yo no hago ejercicio.

Veo a alguien cocinando.

-Yo no cocino.

Veo a alguien pintando.

-Yo no pinto.

Veo a alguien leyendo.

-Yo no leo.

Veo a alguien arreglando una casa.

-Yo no hago nada con la mía.

Veo a alguien disfrutando con sus amigos.

-Yo sigo solo delante de una pantalla.

Y así podemos pasar horas observando vidas ajenas mientras nuestra propia vida permanece inmóvil.  Las investigaciones sobre uso problemático y pasivo de redes sociales han encontrado asociaciones con síntomas de depresión, ansiedad, soledad y otros indicadores de malestar, aunque los resultados no permiten afirmar que las redes sean, por sí solas, la causa de estos problemas.

Por eso la pregunta psicológica interesante no es tanto: “¿Cuántas horas utilizas el móvil?”

Sino: “¿Qué estás dejando de hacer mientras utilizas el móvil?”

Quizá esa sea una pregunta mucho más útil.

 

No necesitas descubrir tu propósito mañana

Cuando estamos perdidos queremos respuestas grandes.

Queremos saber: ¿Qué quiero hacer con mi vida? ¿Cuál es mi propósito? ¿Qué debería cambiar? ¿Qué me hará feliz?

Pero quizá ahora mismo no sea necesario responderlas. Quizá primero haya que recuperar algunas cosas mucho más básicas:

levantarse, ducharse, vestirse, comer, salir, caminar, leer, hablar, hacer cosas y dormir.

Después llegará el momento de preguntarnos qué queremos.

Porque es difícil tomar buenas decisiones sobre nuestra vida cuando estamos agotados, aislados, desorganizados y pasamos buena parte del día consumiendo la vida de otras personas a través de una pantalla.

Primero recuperamos movimiento. Después recuperamos experiencias. Después recuperamos intereses.

Y, poco a poco, podemos empezar a descubrir qué queremos para nuestra vida.

 

Una propuesta muy sencilla para empezar mañana

No intentes cambiar tu vida entera. Haz esto durante una semana:

Por la mañana

☐ Levántate a una hora determinada.
☐ Haz la cama.
☐ Dúchate.
☐ Vístete aunque no tengas que salir.
☐ Desayuna o realiza tu primera comida sin estar pegado al móvil.

Durante el día

☐ Come al menos una vez de forma saludable.
☐ Lee una página.
☐ Camina 30 minutos sin distracciones.
☐ Reduce progresivamente los momentos de consumo automático del móvil.
☐ Haz al menos una cosa que implique participar, crear, aprender o relacionarte.

Por la noche

☐ Deja el móvil apartado durante un rato antes de dormir.
☐ Escribe tres líneas sobre tu día.
☐ Acuéstate aproximadamente a la misma hora.

Y al día siguiente: vuelve a hacerlo.

No busques hacerlo perfecto. Busca hacerlo suficientemente bien.

 

Porque quizá no estés tan perdido como crees

Quizá no necesites encontrar inmediatamente una respuesta. Quizá necesites volver a tener experiencias. Salir. Caminar.  Leer. Comer bien. Dormir. Hablar. Aprender. Crear. Reír. Aburrirte. Equivocarte. Conocer gente. Volver a descubrir cosas que habías dejado de hacer.

Y, sobre todo: hacer algo con tu propia vida en lugar de pasar tantas horas observando la vida de los demás. Porque una vida no se construye mirando. Se construye participando.

Y cuando no sabes todavía hacia dónde quieres ir, una buena estrategia puede ser mucho más sencilla de lo que parece: empieza a moverte.

Quizá el camino no aparezca antes de dar el primer paso. Quizá aparezca precisamente porque lo has dado. 

Una última reflexión

Si llevas mucho tiempo sintiéndote vacío, sin esperanza, sin energía, aislado, incapaz de disfrutar de las cosas, con alteraciones importantes del sueño o del apetito, o con la sensación de que no puedes seguir adelante, no conviene reducirlo simplemente a “estoy perdido en la vida”. A veces detrás de esa sensación puede existir un problema psicológico que merece ser evaluado profesionalmente. Pedir ayuda no significa que hayas fracasado.

Significa que has decidido dejar de observar tu vida desde fuera y empezar a ocuparte de ella.

Y ese también puede ser un primer paso.