Culpa

Los sentimientos de culpa surgen de traicionar nuestras propias normas de comportamiento ético que tenemos inculcadas desde nuestra infancia y que hemos seguido casi al pie de la letra hasta nuestra etapa adulta. Si el entorno cultural o familiar donde crecimos nos hizo proclives a tener reglas muy estrictas de comportamiento y se nos juzgó de forma severa por no seguirlas, el resultado es que nos hayamos convertido en personas inclinadas a experimentar la culpa ya de adultas y que hayamos transmitido lo mismo a nuestros hijos.  Lo triste es que la culpa nos puede llevar a dudar de nuestro propio potencial y de todo aquello que hemos podido lograr a lo largo de nuestra trayectoria vital, pudiendo llegar a convertirse en un magnífico saboteador de nuestro bienestar emocional.

Para comenzar a entender y manejar este sentimiento, es necesario repasar la propia palabra “culpa”. Cuando decimos “Es mi culpa” estamos adoptando una posición victimista de pasividad, inmovilidad e impotencia, posición que no sirve para mejorarnos como individuos ni tampoco tiene utilidad alguna para las personas que se hayan podido sentir afectadas por el error que hayamos podido cometer. El término “culpa” nos hace anclarnos en un pasado que no puede cambiarse por más que queramos y nos impide de alguna forma movilizar nuestros recursos emocionales hacia el presente. Es como si nos imposibilitara para actuar en este momento, en el aquí y ahora, y nos ahorrara el esfuerzo que supone reparar la situación, disculparnos con los demás o aprender de lo sucedido. Decir “culpa” es como decir que ya nada puede hacerse respecto a ella y tuviéramos que cargarla el resto de nuestra vida sin modificación alguna. Sin embargo, cuando decimos “Es mi responsabilidad” adoptamos una posición activa, aceptando que cometemos errores en el transcurso de nuestra cotidianeidad, que podemos perdonarnos por cometerlos y que estamos dispuestos a solucionar el problema que hayamos causado y que queremos y podemos aprender de lo sucedido. Decir “soy responsable” significa que aceptamos la saludable autoría de nuestros actos y entendemos la responsabilidad que tenemos en construir nuestro destino en el ahora y de aquí en adelante.

Para aprender a gestionar la responsabilidad, es importante distinguir entre dos tipos:

-la responsabilidad racional (o fructífera). Esta responsabilidad puede darse cuando se ha causado daño a alguien inocente de forma intencional o no se ha ayudado a alguien que estaba en problemas cuando podía haberse hecho sin un coste desproporcionado; sería poco ético en estas situaciones (por no decir antisocial o patológico) no experimentar esta responsabilidad.

-la responsabilidad que es autocrítica y gratuita, de carácter altamente rumiativo, que proporciona un sufrimiento emocional arbitrario y sentimientos de odio y desprecio hacia nosotros mismos. Si esta responsabilidad no racional se extiende demasiado en el tiempo puede dar lugar a dificultades como la ansiedad, depresión, emisión de conductas de autosabotaje, consumo de sustancias, etc.

 

Del mismo modo, hay que aprender cuándo la responsabilidad puede resultar innecesaria. Es innecesaria cuando:

-Nos esforzamos en llevar una vida que sea la “correcta” para los ojos de alguien más, y nos olvidamos de seguir nuestras propias normas de comportamiento.  

-Nos inmoviliza, porque nos abruma pensar en las consecuencias para los demás de nuestras acciones, haciéndonos esconder e ignorar nuestras necesidades y deseos verdaderos.  

-Nos impide cuidar de nosotros mismos por cuidar primero de los demás.  

-Nos bloquea emocionalmente, centrándonos en todo lo negativo, impidiendo que experimentemos y disfrutemos.


Trabajando la responsabilidad improductiva

La responsabilidad improductiva es difícil de gestionar de forma adecuada en ocasiones. Veamos algunas indicaciones que pueden ayudarnos.

-Sea lo que sea lo que hicimos, lo hicimos con la mejor información que teníamos en ese momento y de la mejor forma que creíamos posible. Practicar el perdón y la compasión con nosotros mismos nos ayudará.

-Explorar y analizar a fondo las circunstancias que teníamos cuando lo hicimos o que nos llevaron a tomar esa decisión. Puede que estuviésemos cansados, nerviosos, tristes, asustados… y no pudimos tomar una decisión de forma adecuada.

-Razonar hasta qué punto lo que aconteció estaba realmente bajo nuestro control. No es infrecuente responsabilizarnos por la conducta de otra persona, por ejemplo.  

-Cuestionar si los ideales de conducta que nos hemos marcado (o nos ha imbuido nuestra familia o religión) resultan ser extremadamente rigurosos. A veces nos vemos forzados a adoptar unas normas de conducta que no son propiamente nuestras, en las que no creemos y que además no estamos hechos para ellas.

-Establecer un diálogo compasivo y amable con nuestro niño interior. A este niño interior en su momento le inculcaron toda una serie de normas incuestionables que había que cumplir porque parecían ser inamovibles y ciertas. Ahora hemos crecido y nuestra experiencia ha modificado nuestro marco moral sobre lo que está “bien” o “mal” y nos damos cuenta de que nuestra realidad dista mucho de ser la misma realidad de las personas que nos forzaron a aceptar esas normas. 

Es clarificador hacerse preguntas como: ¿En nuestro presente nos quedamos cautivos por esas normas obsoletas que ya no nos sirven, aferrándonos a ellas de forma que nos resulta emocionalmente dañino?  ¿Nos ayudamos a nosotros mismos diseñando otras normas éticas que se ajustan mejor a nuestro yo adulto y sus circunstancias? 

Así, es necesaria la comprensión con ese niño interior que busca sentirse castigado porque cree haber faltado a esas normas obsoletas y desajustadas y además es imprescindible el diseño y aceptación de las nuevas normas comportamentales que a nuestro yo adulto le resultan más adecuadas.    

-Reconocer que es totalmente legítimo defender nuestros derechos ante los demás. Establecer límites y autoafirmarnos cuando sentimos que estos derechos están siendo violados es esencial para el bienestar emocional. No permitamos que nadie nos haga sentir responsables con el fin de explotarnos y manipularnos emocionalmente a su antojo.

Si crees que puedes estar sintiendo más responsabilidad de la necesaria o tienes alguna dificultad relacionada con ella, somos los psicólogos los profesionales más adecuados para ayudarte a gestionarla.


 

Emociones en el entorno laboral (II)

Como apuntaba en una entrada anterior, sabemos lo importantes que son los pensamientos en nuestras emociones. El lugar de trabajo es un terreno especialmente abonado para toda clase de pensamientos distorsionados que tienen que ver con las ideas irracionales de Ellis que ya hemos explicado. Veamos algunos ejemplos de estos pensamientos erróneos.

-La única manera de hacer bien el trabajo es como lo hago yo.

-No puedo empezar con nada nuevo a no ser que termine lo que ya tengo empezado.

-Todos trabajan mejor de lo que lo hago yo.

-Debería ser capaz de hacer mi trabajo sin tener que quedarme más horas o llevarme trabajo para casa.

-Los demás tienen la culpa de mis problemas en el trabajo.

-Mis compañeros son un poco idiotas y no saben hacer el trabajo.

-Si mi jefe estuviera más cualificado y fuese más capaz, mi trabajo sería mucho mejor de lo que es, mi vida sería mejor y yo sería muchísimo más feliz.

-Si mi jefe critica mi trabajo, es que soy un fracaso total como empleado.

-No puedo dejar este empleo porque no hay otro mejor por ahí fuera ni que vaya bien conmigo.

-Si mi trabajo no es perfecto, me van a echar de la empresa.

-Tengo que quedarme hasta tarde porque si no el jefe pensará que quiero trabajar menos que los demás.

Todos estos pensamientos no hacen sino aumentar el estrés laboral y proponernos como firmes candidatos a sufrir el síndrome del perfeccionista (anancástico, que ya hablaremos en otra ocasion sobre este término tan particular). Para reducir el estrés podemos utilizar la técnica de la reestructuración cognitiva. Veamos paso a paso cómo realizarla.

1-Identifica pensamientos automáticos o erróneos como los de los ejemplos.

2-Cuestiona esos pensamientos. ¿Es cierto? ¿Qué pruebas tengo? ¿Estoy exagerando algo negativo de la situación o estoy siendo catastrofista interpretando las cosas de la peor forma posible? ¿Estos pensamientos aumentan la calidad de tu trabajo o la disminuyen? ¿Te ayudan a estar más satisfecha con tu trabajo?

3-Reestructura. Observa cada parte del pensamiento y piensa en cómo puedes reestructurarlo. Piensa qué es importante y por qué para ti. Elimina cualquier expectativa de perfección.  

4-Sustituyelos por otros más adaptativos y que sean beneficiosos para ti.  

Esto requiere un entrenamiento adecuado pero, si eres constante, aprenderás a dominar esos pensamientos automáticos que te impiden alcanzar la satisfacción con tu trabajo.

Si crees que puedes tener dificultades con el perfeccionismo o con los pensamientos automáticos somos los psicólogos los profesionales más adecuados para ayudarte a superarlas.