Duelo de mascota

El vínculo emocional que establecemos con nuestros animales de compañía puede ser maravillosamente intenso. Son miembros plenos de nuestra familia y nos han acompañado en las buenas y en las malas. Han estado ahí en nuestro día a día, y han compartido nuestras alegrías y nuestras penas (y nuestra cama y nuestro sofá en ocasiones).  

Su pérdida y los sentimientos que la acompañan pueden equipararse a perder a un ser querido, tal y como muestran los diferentes estudios que se han realizado. A menudo ocurre que nuestro entorno más inmediato no entiende esos sentimientos tan agudos ante la pérdida, y no son pocas las veces que oigo cosas como “Pues no sé por qué está así, si era sólo un perro” o expresiones que minimizan el dolor que alguien puede sentir en esos momentos. Como tememos sentirnos incomprendidos, callamos las emociones que la ausencia nos genera, por lo que pasamos por un duelo silencioso, sin apoyo. Si bien estos procesos de duelo son muy complejos y singulares para cada persona, ya que cada persona va a su ritmo, aunque se hayan reconocido distintas etapas universales no lineales de las que hablaremos después, el apoyo social es un factor muy importante para aceptar la nueva realidad sin nuestra mascota. Por tanto, poder contarlo, hablarlo con alguien que nos comprenda y con quien podamos compartir nuestras inquietudes y emociones sin temor, es parte del proceso, parte de la aceptación y gestión de esa experiencia.

Este proceso de duelo puede “llevarse mejor” si tenemos información sobre lo que nos espera. Durante el duelo de una mascota aparecen emociones intensas como tristeza, angustia y soledad, que pueden llevar a un profundo sentimiento de pérdida y de dolor. Como he apuntado antes, existen distintas etapas en el proceso de duelo por las que iremos atravesando. Eso sí, no suceden todas linealmente, sino que pasaremos de una a otra, retrocediendo y avanzando, y tampoco estas etapas tienen una duración exacta, ya que cada persona va a su propio ritmo, con la sensación incluso de habernos estancado en alguna de ellas. Veamos estas etapas.  

La primera etapa que atravesamos es la llamada etapa de la negación: nuestro cerebro nos dice que esa pérdida no está ocurriendo, nuestra mente nos engaña e intenta volver a como estábamos antes, como si no hubiese sucedido; en realidad es simplemente un mecanismo de protección psicológico.  

La siguiente fase es la de ira, que no tiene por qué estar generada por un hecho concreto. Es posible que tengamos algunos remordimientos (que aparecen sobre todo cuando hemos tenido que dar el consentimiento para “dormirlo/a”), y de alguna forma intentamos aferrarnos a los recuerdos que nos quedan. La ira no es algo “negativo”, sino que nos ayuda a dar una salida a nuestras emociones.

A continuación, le sigue la fase de depresión, donde suele aparecer el llanto copioso y la tristeza, y cada pequeña cosa nos va a recordar a nuestro compañero, sobre todo si aún conservamos sus enseres en casa.  Es necesario gestionar de forma adecuada esta tristeza. Cuando estemos preparados, es conveniente donar o tirar todos los objetos que hayan pertenecido a nuestra mascota, como la cama, la jaula o los juguetes, pero sólo cuando estemos preparados. 

Una vez gestionada la fase de depresión, llega la fase de negociación, donde aparece la fantasía de recuperar a la mascota de un momento a otro si hacemos esto o aquello (“si vuelve me voy a portar mejor”); también sentimos culpabilidad, pensando que podíamos haberlo salvado haciendo mucho más de lo que ya hicimos cuidándolo mientras estuvo con nosotros o para impedir su muerte.

La etapa final, la de aceptación (que no hay que confundir con felicidad), significa estar listos para aceptar su muerte, para entender que hay que seguir adelante con nuestra vida y que ya no podemos hacer nada por el compañero que se ha ido. Existe pena, pero será cada vez más intermitente, hasta que se acabe transformando en sentimientos de aprecio profundos y en recuerdos positivos.

Para terminar, según un estudio de 2019, la duración del duelo en el caso de las mascotas varía mucho de unas personas a otras, aunque lo más habitual es que se encuentre entre un año y año y medio.

 

Jubilación

Todos soñamos con ese dorado momento en el que dejamos de trabajar; hemos pasado toda la vida aportando nuestro granito de arena a la sociedad mediante nuestro trabajo, y se acerca la hora de tomar un merecido descanso y de afrontar el cambio que ello supone. Es necesario especificar que me refiero a la jubilación en edad moderadamente avanzada, es decir,  de 65 años en adelante.

Para realizar una buena gestión de la jubilación, es necesario comenzar por replantearnos las creencias que tenemos acerca de ella. Veamos algunos mitos que conviene revisar:

-La jubilación será una época dorada donde vamos a disfrutar de buena salud y estaremos físicamente estupendos. Cuidado: no siempre gozaremos de la salud que nos impone la publicidad. El deterioro físico y las pérdidas cognitivas son lo habitual en el proceso de envejecimiento, pero cada caso será particular; hay personas que llegan muy bien física y cognitivamente a edades avanzadas y otras que no.   

-La jubilación es una época para viajar. Esta posibilidad de viajar estará condicionada por muchas cosas: la salud, el nivel económico, si hay otras responsabilidades… Cada caso será particular. La imagen idílica de jubilados viajando constantemente puede que no se ajuste a todas las realidades.

-La jubilación es una época para hacer lo que cada uno ha querido hacer siempre. Es cierto que hay más disponibilidad de tiempo (tiempo que antes ocupaba el trabajo), pero también pueden aparecer más responsabilidades, como ayudar a los hijos cuidando de los nietos. Aquí es necesario abordar una cuestión: cuidar de los nietos no debería suponer un sobreesfuerzo. Esto hay que hablarlo claramente con los hijos. Se ayuda cuando se puede y se quiere en la crianza de los nietos; no debería ser una imposición. Desgraciadamente, veo casos de abuelas/os que están realmente sobrepasados por estas obligaciones familiares. Lo ideal es dejar tiempo para disfrutar haciendo aquellas cosas que te gustan, pero también es importante realizar una lista de nuevos objetivos y metas, siempre acordes a nuestras circunstancias. Cada vez más frecuentemente las instituciones de enseñanza reglada ofrecen recursos para las personas mayores que deciden estudiar o volver a estudiar; puede constituir una excelente opción para aquellas personas a las que les gusta seguir aprendiendo.

Para algunas personas este cambio de rol de trabajador activo a persona sin actividad laboral no resulta sencillo; y esta dificultad puede tener su origen porque en la jubilación confluyen varios factores a tener en cuenta: el primero de ellos es que dejas de ser una persona productiva (en el sentido más literal de la palabra); el segundo es que la sociedad tiende a dejar de lado a las personas mayores (hablaremos en otra ocasión de la gerontofobia) y, por último, que entramos en una de las últimas etapas de la vida, lo que nos recuerda nuestra propia mortalidad (en nuestra mente todos somos inmortales). Por tanto, la jubilación no es un paso sencillo ni puede resultar tan maravillosa como nos la han contado. 

Algunas pautas que pueden ayudar a gestionarla con éxito son:

-Conectar con nuestros verdaderos intereses.

-Trabajar los mitos o creencias que podamos tener asociados a la jubilación.

-Elaborar objetivos y metas realistas, acordes con las circunstancias personales. Los demás son los demás y sus circunstancias.

-Crear y disfrutar a nuestro ritmo de una red de apoyo social.